mujeres de 50 como piensan maria cristina galo

La edad en que empezamos a elegirnos

Durante muchos años, muchas mujeres desarrollamos una habilidad extraordinaria para saber qué necesita todo el mundo. Sabemos quién no comió, quién tiene una cita médica, qué falta en la casa y hasta dónde dejó el marido aquello que él mismo guardó.

Podemos resolver una pequeña emergencia familiar mientras ponemos café, contestamos un mensaje y recordamos que mañana vence una factura. Lo curioso es que, después de administrar la vida ajena con bastante eficiencia, alguien puede preguntarnos: «¿Y vos qué querés?», y dejarnos sin respuesta.

No sucede necesariamente porque hayamos vivido sacrificadas ni porque los demás sean unos aprovechados. Muchas de esas responsabilidades las asumimos por amor, por costumbre o porque formaban parte de la vida que queríamos construir.

Criar hijos, compartir una casa, acompañar a los padres, trabajar y sostener relaciones también puede dar sentido y alegría. El problema aparece cuando pasan tantos años mirando hacia afuera que olvidamos volver la mirada hacia nosotras.

Y entonces llega una etapa extraña. Los hijos empiezan a tener su propia vida, los padres envejecen o ya no están y el trabajo deja de ocupar el mismo lugar que antes.

La pareja —si continúa ahí— probablemente tampoco sea aquella historia que comenzó décadas atrás. Una misma tampoco lo es. El cuerpo cambia, el tiempo adquiere otro valor y algunas cosas que antes parecían urgentes empiezan a parecernos, francamente, una pérdida de tiempo.

No sé si esto ocurre exactamente a los cincuenta, a los sesenta o cuando a la vida le da la gana. Hay mujeres que empiezan a cuestionarse mucho antes y otras que pueden pasar décadas sin hacerlo.

Pero existe un momento en que una pregunta comienza a aparecer con cierta insistencia: ¿qué quiero hacer con los años que tengo por delante?

Responder no siempre es fácil. Saber lo que una quiere también requiere práctica, y muchas hemos entrenado más el músculo de atender necesidades ajenas que el de reconocer las propias.

Podemos conocer perfectamente el plato favorito de cada miembro de la familia y, sin embargo, tardar diez minutos frente a un menú cuando nos preguntan qué queremos pedir nosotras. Parece una tontería, pero a veces las pequeñas costumbres cuentan historias enormes.

También aparece la culpa. Una madre puede extrañar al hijo que se fue de casa y, al mismo tiempo, descubrir que disfruta el silencio.

Puede querer profundamente a su familia y sentir alivio porque ya no tiene que organizar la vida de todos. Puede amar a su pareja y empezar a necesitar espacios que antes no necesitaba. Nada de eso convierte a una mujer en egoísta.

Tal vez solo significa que, después de tantos años compartiendo el centro de su vida, está aprendiendo a reservar una silla para sí misma.

La madurez tiene mala prensa. Nos han repetido hasta el cansancio que la juventud es la época de las posibilidades y que todo lo que viene después consiste básicamente en tratar de conservar lo perdido.

Hay una industria entera dispuesta a vendernos la guerra contra cada arruga, cada cana y cada señal de que hemos tenido la osadía de cumplir años. A veces una entra a una farmacia buscando una crema hidratante y sale convencida de que su rostro enfrenta una emergencia nacional.

El cuerpo cambia, por supuesto. Hay días en que el espejo parece haber amanecido particularmente sincero y otros en los que sospechamos que la verdadera enemiga no es la edad, sino la iluminación del baño.

Pero reducir esta etapa de la vida a los cambios físicos sería perderse una parte mucho más interesante: la experiencia empieza a modificar la manera en que elegimos nuestras batallas.

A cierta edad descubrimos que no todas las discusiones merecen respuesta. También comprendemos que algunas personas nunca van a entender respuesta. También comprendemos que algunas personas nunca van a entendernos y que sobrevivimos perfectamente a más de una cosa que alguna vez creímos insoportable.

Aprendemos que una amistad puede terminar sin necesidad de convertirla en una tragedia griega. Y comenzamos a distinguir mejor entre estar solas y sentirnos solas, dos cosas que no siempre tienen relación.

Elegirse no significa salir corriendo a reinventar la vida. No todas necesitamos vender la casa, tomar una mochila y aparecer tres meses después en Bali practicando yoga al amanecer.

Algunas serían felices haciéndolo. Otras preferiríamos un buen café, un libro y que nadie nos pregunte dónde está la llave del carro.

A veces elegirse es algo mucho menos espectacular. Puede ser volver a estudiar, retomar una amistad, viajar, escribir, cuidar un jardín o recuperar una afición que quedó olvidada entre obligaciones.

También puede significar aprender a decir que no sin preparar una defensa jurídica de quince minutos para justificarlo.

Hay mujeres que comienzan una nueva profesión después de los cincuenta. Otras descubren que no quieren empezar nada nuevo y que están perfectamente satisfechas con la vida que tienen.

Algunas terminan relaciones que ya no les pertenecen; otras reconstruyen matrimonios que parecían agotados. Unas vuelven a enamorarse y otras descubren, quizá por primera vez, que una vida sin pareja no es necesariamente una vida incompleta.

Las relaciones largas también llegan a esta edad con sus propias preguntas. Después de treinta o cuarenta años juntos, dos personas han cambiado muchas veces.

Pretender que continúen siendo quienes eran cuando se conocieron sería absurdo. A veces el amor no desaparece: simplemente necesita aprender otro idioma.

Menos promesas grandiosas y más complicidad. Menos expectativas imposibles y más capacidad de reírse cuando ambos entran a una habitación y ninguno recuerda para qué.

Hay algo liberador en aceptar que no tenemos obligación de permanecer idénticas. Durante mucho tiempo a las mujeres se nos ha felicitado por ser constantes, cuidadoras, disponibles y capaces de sostenerlo todo.

Pero cambiar de opinión, cerrar ciclos o descubrir nuevos deseos no significa traicionar nuestra historia. También puede ser una forma de honrarla.

Quizá una de las grandes ventajas de esta etapa sea que empezamos a comprender la diferencia entre lo que realmente queremos y aquello que alguna vez creímos que debíamos querer.

No siempre logramos separarlo con facilidad. Las expectativas familiares, culturales y sociales pueden instalarse durante años sin pedir permiso.

Pero cuando empezamos a distinguir unas de otras, ocurre algo interesante: la vida deja de sentirse únicamente como una lista de deberes y vuelve a abrirse un pequeño espacio para la curiosidad.

Y la curiosidad importa. Preguntarse qué nos gustaría aprender, dónde querríamos ir o qué personas queremos cerca no es un ejercicio de egoísmo.

Es reconocer que seguimos vivas y que todavía podemos participar en la construcción de nuestra propia historia.

Por eso no me gusta pensar en esta etapa únicamente como una época de renuncias. Claro que existen pérdidas. Envejecer significa despedirse de personas, certezas, versiones del cuerpo y algunas posibilidades.

Sería ingenuo negarlo. Pero también significa haber llegado hasta aquí con una colección considerable de experiencias, errores, afectos, cicatrices y aprendizajes que nadie podía tener a los veinte.

La mujer que somos ahora conoce cosas que aquella muchacha todavía no podía saber. Ha querido, ha perdido, se ha equivocado y ha tenido que empezar otra vez más veces de las que probablemente recuerda.

Quizá ya no posea la misma ingenuidad, pero tiene algo que puede resultar mucho más valioso: criterio.

Y llega un punto en que ese criterio empieza a aplicarse también a la propia vida.

No sé si existe una edad exacta en que empezamos a elegirnos. Tal vez ocurre lentamente, en pequeñas decisiones que nadie más nota.

Un día dejamos de aceptar una invitación que no deseamos. Otro recuperamos una vieja idea. Más adelante descubrimos que disfrutamos de nuestra propia compañía o que todavía hay sueños que no llegaron tarde; simplemente estaban esperando que tuviéramos tiempo para escucharlos.

Después de tantos años preguntándonos qué necesitan los demás, quizá la segunda mitad de la vida nos ofrece una oportunidad inesperada: hacernos la misma pregunta a nosotras.

Y esta vez, quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la respuesta.

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